
Desde las montañas mixes de Oaxaca, la cineasta ayuujk Concepción Vázquez Martínez construye un relato íntimo y profundamente político en Mujer de Barro, su primer documental, en el que la materia vital de la alfarería se convierte en lenguaje, memoria y acto de resistencia.
Su acercamiento al cine no provino de una formación académica tradicional, sino de talleres y procesos colectivos. “Estudié Ingeniería en Desarrollo Comunitario, pero el cine se me presentó como una herramienta para contar lo que vivimos”, comenta en entrevista Concepción Vázquez.
La obra retrata la vida de su madre, Rufina Martínez Díaz, alfarera ayuujk, y reflexiona sobre el papel de las mujeres indígenas, la transmisión de saberes ancestrales y la autonomía femenina en contextos marcados por el machismo y la violencia.
“Mi mamá vivió mucha violencia desde pequeña”, por lo que, explica, la película surge del deseo de comprender ese pasado y de compartirlo. “Yo quería contar su historia porque muchas mujeres viven lo mismo y no siempre se habla de eso”, relata Vázquez.
Desde su experiencia, el oficio es un medio de subsistencia y una práctica ligada al cuerpo, la memoria y la identidad; a lo largo del documental, narra cómo el trabajo con el barro fue una forma de reconstrucción personal y de dignificación de su madre: “Ella encontró en la alfarería un espacio para salir adelante, para sostener a su familia y para tomar decisiones”.
La relación madre–hija fue central durante el proceso de filmación. Concepción explica que el documental se construyó desde la confianza y el diálogo: “Mi madre siempre deseó que no repitiera su experiencia, que nosotras tuviéramos acceso a la educación y a tener nuevas oportunidades”. Esa voluntad de ruptura generacional es uno de los hilos conductores de la obra, explica.
La lengua ayuujk ocupa un lugar fundamental en Mujer de Barro. La realizadora decidió que la historia fuera contada en su idioma materno. “La lengua ayuujk tiene una carga emocional muy fuerte… Hay cosas que solo se pueden decir así, porque es la lengua con la que se vive y se siente”. Por ello, el documental se presenta en comunidades con su título original Të’ëxyëjk Ayuujk Na’apëj.
Vázquez explica que su madre pasó de producir obras para el uso cotidiano y ritual de la comunidad a buscar espacios para comercializar su trabajo. “Cada pieza que hace tiene una historia, no es solo un objeto”, señala, al referirse a la relación entre el oficio, el tiempo y la experiencia de vida.
El documental también pone en valor la alfarería tradicional, un oficio milenario que se adapta ante los cambios económicos y de consumo. Rufina pasó de elaborar grandes piezas utilitarias para fiestas y uso doméstico a innovar formas y salir de su comunidad para vender su trabajo, para sostener a su familia a través del barro. Cada pieza, señala su hija, guarda una historia y una conexión profunda con la tierra.
Su realización se extendió cinco años, implicó aprendizajes técnicos y narrativos. “No fue fácil armar la historia, porque yo no venía del cine”, reconoce. En 2024, Mujer de Barro recibió el apoyo del Programa de Apoyos a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC) de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, un respaldo que, como señala Concepción Vázquez, fue fundamental para concluir la etapa de postproducción.
El apoyo, comenta, le permitió cerrar el proceso creativo y técnico del documental, y llevar a término una obra construida desde su comunidad, su experiencia y su mirada, haciendo posible que la historia pudiera finalmente compartirse con el público.
En 2025, Mujer de barro inició su viaje internacional con su estreno en el Festival de Málaga, España, siguió Francia, Alemania, Cuba y diversos espacios de México, como el Festival de Cine de Morelia. “Queremos que esta historia llegue a otras mujeres, que se reconozcan y que sepan que no están solas”, afirma la entrevistada.
Mujer de Barro se presenta como un testimonio íntimo y colectivo a la vez: una obra en la que el cine dialoga con la lengua originaria, la memoria familiar y la resistencia cotidiana de las mujeres indígenas. Un relato en el que el barro no solo se modela con las manos, sino con la experiencia, la sanación y la esperanza.
