*Eréndira Zavala C*

Entre la memoria prehispánica, la tradición colonial y el miedo que se cuenta de generación en generación, la Llorona es una de las leyendas más emblemáticas de la cultura mexicana.
La figura de la Llorona ha sobrevivido al paso de los siglos con su lamento “¡Ay, mis hijos!” Esta historia no tiene una sola versión ni una fecha exacta de su origen, perdida entre relatos indígenas, crónicas de la Colonia y narraciones transmitidas de boca en boca, en las que se han añadido diferentes matices.
Algunos investigadores del México prehispánico han relacionado a la Llorona con deidades femeninas asociadas con la muerte, la maternidad y los presagios como Cihuacóatl o Tonantzin. En textos de la tradición nahua aparecen relatos de una mujer que lloraba y anunciaba desgracias; en la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún, se registran augurios que precedían a la llegada de los españoles, entre ellos el lamento de una mujer por sus hijos.
De la mezcla de creencias indígenas con la tradición europea, surgieron narraciones que combinaron lo sobrenatural con los sentimientos humanos. La versión más conocida es la historia de una mujer, quizá Marina, que se enamoró de Rodrigo de Alvarado, con quien tuvo hijos; pero el español estaba comprometido en España para casarse con alguien de su misma condición social y, al llegar el tiempo, decide llevarse a los niños. Ante el rechazo y el abandono, Marina toma a sus hijos y los ahoga en las aguas de un río, al darse cuenta de lo que ha hecho, el arrepentimiento la condena y se quita la vida en el mismo lugar. Desde entonces, su espíritu recorre los caminos vestida de blanco, con el rosto oculto, el cabello largo y lanzando su lamento.
Xochimilco, en la CDMX, con sus canales, ambiente y oscuridad nocturna, es uno de los lugares más populares donde se presentan diferentes espectáculos inspirados en esta leyenda, combinando teatro, música y elementos de la historia prehispánica.
La Llorona es más que un cuento de miedo, es una muestra de la memoria colectiva que resiste el paso del tiempo, pues mientras se cuente la historia alrededor de una mesa, en un recorrido o una celebración de Día de Muertos, la Llorona sigue presente en la tradición mexicana.
