*Gaby L.C*

La tradición de “pedir calaverita” en México representa una de las muestras más vivas de la evolución de la lírica popular mexicana. Aunque para muchos es el equivalente moderno al Trick-or-Treat estadounidense, esta práctica hunde sus raíces en dinámicas coloniales e indígenas que se transformaron con el paso de los siglos. Lejos de ser un simple acto de pedir dulces, los cantos y versos que los niños entonan en las calles cada 1 y 2 de noviembre funcionan como un mecanismo de cohesión comunitaria y juego social a través de la música y la rima.
El origen histórico de esta costumbre se entrelaza entre leyendas prehispánicas y realidades socioeconómicas del periodo virreinal. Una de las versiones más difundidas narra la historia de un niño macehual (la clase trabajadora mexica) que, al quedar huérfano y carecer de recursos para montar el altar de sus padres, se pintó el rostro y salió a “calaverear”, recolectando fruta, pan y alimentos entre sus vecinos para su ofrenda.
Siglos más tarde, durante la Colonia, la tradición adoptó matices de caridad funeraria: los hijos de los peones e indígenas recorrían las calles portando una vela encendida dentro de un chilacayote o calabaza tallada en forma de cráneo, solicitando “una cera para la calavera“, mientras que las familias adineradas entregaban monedas o comida a los sirvientes para que rezaran por las almas de sus fieles difuntos.
El núcleo lírico de esta costumbre se sostiene sobre la mezcla de la sátira, la picardía y la reverencia hacia la muerte. El verso más icónico de las jornadas festivas ilustra perfectamente la visión mexicana del más allá, donde la parca no es una figura sombría, sino un personaje con el cual se puede negociar a través de la música:
“Ya se va la muerte cantando por el camino, si no me dan mi calaverita, se los lleva el torbellino. ¡La calaverita, por favor!”
Otras variantes locales del centro del país utilizan el absurdo y la imaginería visual para desmitificar el miedo al fin de la vida, convirtiéndolo en un festejo infantil con el tradicional verso de la cera:
“Una cera para la calavera, si no me la dan, me paso de carrera. Con los ojos de papel y las tripas de cordel.”
En la actualidad, estos cantos enfrentan el reto de la globalización y la influencia del Halloween anglosajón, mutando en expresiones híbridas que conviven en el espacio urbano. En muchas calles es cada vez más frecuente escuchar a los niños fusionar ambas expresiones bajo el rítmico grito de “¡Queremos Halloween, queremos Halloween!” o recurrir a cantos con un trasfondo histórico modificado, como el célebre verso del Chilam Balam:
Sin embargo, el clásico de clásicos es:
“Ya se va la muerte cantando por el camino, si no me dan mi calaverita, se los lleva el torbellino. ¡La calaverita, por favor!”
Otros más que resuenan en las calles mexicanas son:
“Ya viene la muerte flaca a buscar sus pesitos, denle su calaverita a estos pobrecitos.”
“Esta casa está embrujada porque no nos dieron nada.” (O también: “Esta casa está caída porque no nos dieron comida”).
