*Eréndira Zavala C.*

Más que un accesorio o una pieza de vestir, el rebozo en México se encuentra envuelto en historia y tradición, pues ha acompañado a generaciones de mujeres en distintos momentos al cubrirse del frío, cargar a sus hijos, asistir a una fiesta, trabajar o expresar la cultura mexicana.
El origen del rebozo es el resultado del encuentro de diferentes culturas, pues, aunque no existe una fecha exacta de su origen, se sabe que comenzó durante la época virreinal, entre los siglos XVI y XVII, como una mezcla de prendas indígenas mesoamericanas (el ayate, la lana, el ixtle o las mantas de algodón) y textiles traídos por los españoles provenientes de rutas comerciales asiáticas.
Con el paso del tiempo, esta mezcla originó una prenda única y completamente mexicana. Entonces, el rebozo comenzó a utilizarse en las regiones del país convirtiéndose en una parte importante del vestuario femenino. Incluso, dependiendo de cómo se usaba, podía significar el estado civil, la posición social o el estado de ánimo.
Según el lugar, el material, los colores y las técnicas de tejido, se crearon estilos regionales característicos de los rebozos como los de Santa María del Río, en San Luis Potosí, considerados los más finos de México. Aunque también destacan los elaborados en Tenancingo (Estado de México), Puebla, Michoacán y Oaxaca. Su elaboración es totalmente artesanal en telares de cintura o pedal, y puede tomar semanas o incluso meses, principalmente cuando incluye diseños complejos y el tradicional “empuntado” en las puntas del rebozo.
Esta prenda ha aparecido en pinturas, canciones, fotografías y películas; retratado como símbolo de maternidad, fortaleza (como las adelitas de la Revolución Mexicana) y mexicanidad. Por ejemplo, Frida Kahlo le dio proyección al rebozo como pieza representativa de la identidad cultural de México.
Aunque su uso cotidiano ha disminuido en las ciudades, en muchas comunidades y pueblos del país, continúa siendo una prenda utilizada en el día a día, y diseñadores, artesanos y promotores culturales han impulsado una revalorización reconociendo su belleza y valor cultural e histórico.
Hablar del rebozo es hablar de las manos que lo tejen, de sus mujeres y sus historias. Una prenda que ha resistido el paso del tiempo, que sigue abrazando generaciones y es un recordatorio vivo de la cultura a la cual pertenece.
