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El cine mexicano se viste de luto tras confirmarse el fallecimiento de la legendaria primera actriz Elsa Aguirre, quien partió a los 95 años de edad en su residencia de Cuernavaca, Morelos. La triste noticia fue comunicada oficialmente por la Asociación Nacional de Intérpretes (ANDI), institución que lamentó profundamente la pérdida de una de las figuras más icónicas, enigmáticas y bellas de la Época de Oro. Con su partida física desaparece una de las últimas grandes divas del cine nacional, dejando un vacío profundo pero un legado artístico imborrable en la historia de la cultura cinematográfica de México.
Nacida en Chihuahua en 1930, su llegada a los sets ocurrió de manera fortuita a los 14 años tras ganar un concurso de talentos de la productora CLASA Films Mundiales junto a su hermana Alma Rosa. Debutó formalmente en la gran pantalla con la cinta de ciencia ficción y comedia El sexo fuerte (1946), y aunque su padre intentó alejarla del medio, el célebre director Julio Bracho reconoció de inmediato su extraordinario magnetismo. Bracho la contrató para protagonizar Don Simón de Lira (1946) al lado de Joaquín Pardavé, marcando el verdadero despegue de una actriz que, lejos de ser solo un rostro bello, poseía un temperamento y una fuerza dramática excepcionales.
A lo largo de su prolífica carrera fílmica de más de 40 películas, Elsa Aguirre demostró una enorme versatilidad al transitar con maestría del melodrama rural a la comedia urbana junto a las máximas estrellas de su tiempo. Derrochó pasión y drama en clásicos como Algo flota sobre el agua (1948), Ojos de juventud (1948), La mujer que yo amé (1950) y la aclamada Lluvia roja (1950) junto a Jorge Negrete. Asimismo, su inolvidable química con Pedro Infante en la comedia romántica Cuidado con el amor (1954) y su papel en Vainilla, bronce y morir (1957) consolidaron su estatus de superestrella. Ya en la madurez de su carrera, supo adaptarse a las nuevas corrientes del cine compartiendo créditos con figuras de la talla de Dolores del Río en Casa de mujeres (1966) y explotando su faceta cómica junto a Mauricio Garcés en El cuerpazo del delito (1970).
Más allá de los sets de filmación, su vida estuvo guiada por una profunda búsqueda espiritual, el vegetarianismo y la práctica disciplinada del yoga durante más de cinco décadas. Esta filosofía la llevó a alejarse paulatinamente del cine comercial a mediados de los años setenta, aunque regresó de forma magistral para conquistar al público de la televisión en telenovelas icónicas de los noventa. Su brillante aportación al arte cinematográfico fue consagrada en el año 2003, cuando recibió el máximo reconocimiento de la industria: el Ariel de Oro a la trayectoria. Aunque en sus últimos años de vida requería asistencia respiratoria ocasional, su mítica elegancia y lucidez la acompañaron hasta su último aliento, dejando una filmografía inmortal que seguirá cautivando a nuevas generaciones
