*Gaby L.C*

El vínculo entre el ser humano y el perro en México no es una moda contemporánea, sino una relación profunda que se extiende por más de tres milenios. Desde la época prehispánica, los pueblos originarios como los mexicas y los mayas otorgaron a los caninos un estatus sagrado y místico. El perro no era visto únicamente como un guardián de la casa o un compañero de caza, sino como un ser con alma dotado de virtudes espirituales que trascendían la vida terrenal.
En la cosmogonía mexica, el xoloitzcuintle —el emblemático perro sin pelo nativo de la región— era considerado un regalo divino del dios Xólotl, deidad del inframundo y el fuego. La creencia dictaba que estos animales tenían la misión sagrada de guiar las almas de los difuntos a través del Mictlán, el peligroso camino hacia el descanso eterno. Para cruzar el caudaloso río del inframundo, el alma del fallecido necesitaba la ayuda de un xoloitzcuintle, razón por la cual eran enterrados junto a sus dueños en los rituales funerarios.
Con la llegada de los colonizadores españoles y el proceso de sincretismo cultural, el rol del perro en el territorio mexicano experimentó una drástica transformación. Las razas nativas estuvieron cerca de la extinción debido a la persecución religiosa y la introducción de razas europeas destinadas a la guerra, el pastoreo y la compañía señorial. A pesar de estos cambios, la esencia mística del perro no desapareció del todo, sino que se integró de forma sutil en las nuevas expresiones de la identidad popular mexicana.

El reflejo más vivo de esta persistencia cultural ocurre cada año durante las festividades del Día de Muertos. En la actualidad, los altares domésticos dedican de manera formal la noche del 27 de octubre para recibir las almas de las mascotas que han fallecido. Las familias mexicanas colocan agua, croquetas y los juguetes favoritos de sus antiguos compañeros peludos, manteniendo intacta la convicción ancestral de que los lazos de lealtad y amor entre humanos y perros son capaces de romper la barrera de la muerte.
Hoy en día, el perro en México ha transitado de ser un animal de trabajo o un tótem religioso a ocupar el lugar de un miembro legítimo de la familia. Aunque el país enfrenta severos retos modernos en materia de bienestar animal y sobrepoblación callejera, la sociedad mexicana experimenta un resurgimiento del respeto por estas criaturas. La revalorización de razas como el xoloitzcuintle como símbolos de orgullo nacional demuestra que la huella cultural del perro sigue firmemente grabada en el corazón de la identidad de México.
