*Eréndira Zavala C*

Hace años en México, para expresar amor, pedir perdón, celebrar un cumpleaños o intentar una reconciliación, no se enviaban mensajes ni imágenes, sino que se acudía a una tradición que exigía valor, música y complicidad con la noche: la serenata.
Al amparo del silencio y la oscuridad, varias personas se reunían frente a una casa y, de repente, el sonido de las guitarras, las trompetas y los violines llenaban el ambiente. Detrás de una ventana, alguien despertaba con sorpresa al escuchar una canción elegida especialmente para la ocasión.
Esta costumbre de cantar al pie de una ventana llegó de Europa, pero en México tomó características propias, mezclándose con el romanticismo de las canciones populares, el bolero, la trova, el trío y la música de mariachi. Con el tiempo, la serenata dejó de ser solo una declaración amorosa y se convirtió en una forma de acompañar momentos importantes. Por ejemplo, en cumpleaños, en el aniversario de una pareja o después de una discusión, a las madres en la madrugada del 10 de mayo o en pedidas de mano.
Para llevar serenata debía prepararse todo con anticipación, no bastaba con contratar a los músicos, era importante investigar la canción favorita, conocer bien el domicilio, calcular la hora y comprobar que estarían en casa. Generalmente la ayuda provenía de amigos o familiares, ya fuera para guardar el secreto o para evitar que los vecinos pudieran interrumpir la serenata. Además, estaba el nerviosismo de no saber que pasaría, si abrirían la ventana, si recibirían a los músicos invitándolos a pasar o solamente sería escuchada.
Las serenatas ayudaron a conservar muchas canciones mexicanas y a que distintas generaciones aprendieran letras de compositores como José Alfredo Jiménez, Consuelo Velázquez, Álvaro Carrillo, María Grever o Armando Manzanero, para decir aquello que no se había logrado decir con palabras propias.
Actualmente, la serenata ha ido perdiendo presencia con las nuevas formas de relacionarnos, hoy es más fácil enviar una canción que reunir músicos, la inmediatez impera; pero los mariachis siguen recorriendo plazas y restaurantes como en Garibaldi, en la CDMX.
Quizá las serenatas no vuelvan a ocupar el sitio de otras épocas cuando las emociones hablaban a través de la música en mitad de la calle, pero recuerdan cómo alguien compartió tiempo, intención y emoción a través de una canción.
