*Eréndira Zavala C.*

Hoy, el telegrafista, es un oficio prácticamente desaparecido, pero que durante más de un siglo fue un elemento esencial en el desarrollo de México. Gracias a los telegrafistas, se mantenía la comunicación cuando las carreteras eran escasas, el teléfono apenas comenzaba y recorrer largas distancias podían tomar varios días.
El telégrafo llegó a México a mediados del siglo XIX, revolucionando la forma en que se transmitía la comunicación, al reemplazar los mensajes a caballo o los largos viajes con los impulsos eléctricos convertidos en puntos y rayas… el código Morse. Al principio se veía como magia cuando lo que había era un grupo de personas capacitadas con increíble concentración y memoria.
Para este oficio debía aprenderse el código Morse hasta el grado de dominio que incluso con solo escuchar el sonido del manipulador, se era capaz de interpretar letras, palabras y mensajes completos. Un trabajo que requería precisión, rapidez y responsabilidad, porque un error de interpretación podía cambiar por completo el sentido de una noticia.
En las oficinas de telégrafos, las personas llegaban para enviar un mensaje breve. Esta regla era así pues cada palabra tenía un costo y por eso los telegramas eran directos, sin adornos y cuidadosamente pensados: “Llegamos bien”, “Madre grave, ven pronto”, “Felicidades por nacimiento/trabajo/graduación” o “Manda dinero”. En la Revolución Mexicana, por ejemplo, el telégrafo tuvo un papel estratégico pues a través de él se transmitían órdenes militares y reportes oficiales.
En muchos lugares de México, las oficinas eran considerados muy importantes ya que conectaban a los poblados con las ciudades, representaban un vínculo con familiares, comerciantes, autoridades, viajeros, etc. El telegrafista era una figura conocida y respetada, quien, generalmente, compartía las emociones de quienes enviaban o recibían noticias.
Con la llegada del teléfono, el fax, la computadora, el correo electrónico y los teléfonos inteligentes, el servicio telegráfico comenzó a perderse; poco a poco las oficinas cerraron y el oficio de telegrafista fue quedando en el recuerdo. Pero, su legado está vivo en el reconocimiento da su labor que evitó viajes innecesarios, reunió familias, cambió vidas y dio esperanza en lugares donde la comunicación era casi nula.
Los telegrafistas no solo se dedicaron a transmitir información, también tendieron puentes entre las personas y mantuvieron unida la cultura de un país.
