*Fernanda Rodríguez*

Cada 28 de octubre, las calles del corazón de Toluca se transforman en un escenario vivo donde la fe se hace visible y las tradiciones más profundas cobran un brillo especial.
El bullicio cotidiano y la prisa de la capital mexiquense ceden momentáneamente ante el paso de cientos de devotos que, ataviados con túnicas verdes y blancas, recorren el centro a pie para rendir homenaje a San Judas Tadeo, el santo patrón considerado el abogado de las causas difíciles y desesperadas.
Desde temprana hora, los estandartes se alzan con orgullo entre la multitud, mientras imágenes del santo de todos los tamaños acompañan el caminar silencioso y entregado de los fieles que acuden para agradecer favores recibidos, cumplir viejas mandas o encomendarle una nueva petición.
Cada figura portada en brazos o al hombro representa una historia entrañable, un dolor superado o una esperanza viva que encuentra en esta festividad su espacio para expresarse.
Entre esa marea de devoción camina Daniela, una joven originaria del barrio del Cóporo, cuya fe nació en los momentos más oscuros, cuando su abuela enfermó gravemente de diabetes e hipertensión; al verla hospitalizada, Daniela se encomendó con el corazón a San Judas pidiéndole por su recuperación, y tras ver mejorar su salud, su abuela le inculcó un amor profundo por el santo de las situaciones imposibles.
Con el inevitable paso del tiempo la abuela partió al cielo, pero su legado espiritual quedó intacto: hoy es Daniela quien se encarga de vestir la túnica de San Judas cada año para venerarlo, llevarlo con devoción a la misa y, más tarde, reunirse en familia para compartir alimentos, regalar dulces y obsequiar pequeñas imágenes a los transeúntes, manteniendo viva una llama de fe que trasciende generaciones.
