Jugar en la calle, infancia que se escapa

*Eréndira Zavala C*

Foto: Especial.

Hace algún tiempo, después de hacer la tarea, las tardes terminaban jugando en la calle. No se necesitaban apps o aplicaciones, internet, ni pilas… bastaban una pelota, un gis, un bote, una cuerda o incluso una tapa de refresco para que las banquetas se convirtieran en un campo de aventuras.

En nuestro México, estos juegos formaron parte de la infancia de varias generaciones, momentos inolvidables de convivencia, aprendizaje y libertad, que poco a poco han ido desapareciendo, gracias a nuevos estilos de vida y cambios socioeconómicos que han modificado el día a día del país.

Jugar a las escondidas, contando hasta veinte junto a un poste, un árbol o una pared; las traes, donde correr era lo único que evitaba ser tocado y buscar a alguien más; el avión dibujado con gis en el pavimento; las canicas en las bolsas y el resorte en las mochilas; los trompos girando y en la cuerda brincando; los partidos de futbol con porterías de piedras o mochilas y cualquier objeto que rodara parecido a un balón… con ellos crecimos, nos divertimos y hasta forjamos amistades.

Al igual, estos juegos enseñaron a respetar, negociar, ceder, ganar, perder, reír, trabajar en equipos y resolver conflictos, pues cada juego tenía sus reglas no escritas en ningún libro, pero sí conocidas por todos. Si había alguna situación, los niños debían resolverla de la mejor manera posible, en beneficio de todos.

El jugar en la calle obligaba a conocer a los vecinos, vigilar a los hijos desde las ventanas o sentarse en las puertas a verlos. Hoy es diferente, el crecimiento de las ciudades con el tráfico, la inseguridad y el avance de la tecnología han transformado la manera en que se juega pues los videojuegos, las redes sociales y lo digital mostraron nuevas posibilidades de entretenimiento, disminuyendo las relaciones humanas, pero, al mismo tiempo, reinventando otras.

Estos juegos de la calle forman parte del patrimonio cultural mexicano pues reflejan costumbres, formas de hablar y relacionarse que marcaron a las generaciones que los vivieron, puesto que los recuerdos están formados por amigos, tardes eternas, rodillas raspadas, risas compartidas y una libertad que parecía sin fin.

Que no se queden solo en la memoria, que se cuenten las anécdotas de la infancia y si es posible, que se diga a los niños al verlos sentados ante artefactos tecnológicos: “¡Sal a jugar!”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *