Quiroga, herencia purépecha

*Eréndira Zavala C*

Foto: Especial.

En México hay lugares que se descubren a través de los sentidos, como Quiroga, en el estado de Michoacán. El olfato se activa con el aroma de las carnitas recién preparadas, la vista se llena con el colorido de las artesanías y la piel se pone chinita con la calidez de su gente que conserva las tradiciones heredadas por sus antepasados.

Ubicado muy cerca del lago de Pátzcuaro, a 10 km de Tzintzuntzan y 43 km de Morelia, Quiroga es considerado uno de los principales representantes de la cultura e historia de Michoacán.  En el siglo XIV, era conocido como Cocupao, que en purépecha significa “lugar sentado sobre una loma”, y era paso obligado para lo tarascos en su camino hacia el centro ceremonial de Zacapu.

El nombre de Quiroga honra al primer obispo del estado, Vasco Vázquez de Quiroga y Alonso de la Cárcel, conocido cariñosamente en su tiempo como “Tata Vasco”, quien llegó a estas tierras en 1531, defensor de los derechos y libertades de los indígenas purépechas, impulsó su organización, promoviendo diversos oficios y artesanías como una forma de fortalecer la economía y preservar el trabajo. Gracias a esta labor, muchas poblaciones cercanas se especializaron en diferentes actividades artesanales como los textiles bordados, la alfarería, el tallado de madera, el tejido del tule, entre otras.

Quiroga también es referente debido a su gastronomía, conocida como la “capital mundial de las carnitas” que son incluso un ritual familiar y comunitario. Su preparación requiere tiempo, paciencia y experiencia; cocinadas en grandes cazos de cobre, condimentadas con recetas transmitidas de generación en generación, y acompañadas de tortillas recién hechas, salsa molcajeteada y verduras encurtidas, son reconocidas en todo el país.

Además, Quiroga es un centro artesanal de gran importancia con un mercado enorme lleno de artesanías de madera, cobre y piel. Su plaza principal y la Parroquia franciscana de San Diego de Alcalá, de estilo barroco con incrustaciones de porcelana y construido en 1750, son lugares imperdibles en la visita al lugar.

Conservar nuestras costumbres no es vivir en el pasado, sino reconocer de dónde venimos para comprender quiénes somos. Quiroga es un ejemplo de ello, su historia no vive en museos ni en libros, se encuentra en quienes bordan o cocinan, en las plazas o en las iglesias, en cada tradición que, por pequeña que sea, mantiene su identidad.

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