*Eréndira Zavala C.*

Aunque el cafeto no es originario de México, en el país encontró las condiciones para desarrollarse. Aquí, ofrecer un café es una manera de recibir y alegrar los días, una oportunidad de quedarse más tiempo, hablar de algo importante o el pretexto para compartir unos momentos.
El café llegó a México a finales del siglo XVIII cuando los españoles llevaron la planta desde Cuba y República Dominicana, comercializándose tiempo después cuando inmigrantes alemanes e italianos arribaron al país. Con el tiempo comenzaron a aparecer las primeras plantaciones de café en el estado de Veracruz.
Las montañas de Chiapas, Veracruz, Puebla, Oaxaca y otros estados se transformaron en importantes regiones cafetaleras. Al principio el café tuvo que competir con una bebida muy especial para los mexicanos: el chocolate. Pero su aroma y calidez poco a poco conquistó el gusto hasta convertirse en parte de la vida cotidiana.
Pero el café necesita tiempo, primero se cultiva el cafeto, después florece y finalmente aparecen los frutos, conocidos como cerezas. La cosecha se realiza manualmente y se seleccionan solo aquellos que han alcanzado la madurez adecuada. Después vienen el beneficio, el secado, el tostado y la molienda.
La cultura del café en el país se desarrolla en pequeñas comunidades donde el cultivo forma parte de la economía y de la relación con la tierra, pues México ha desarrollado una importante producción de café cultivado bajo sombra, cuidando los cafetos protegidos por otros árboles.
El café mexicano se encuentra en cada hogar con el café de olla preparado con canela y piloncillo, servido en jarro de barro; o el café negro acompañado de un pan dulce durante la mañana y el requerido después de una buena comida para hacer una sabrosa sobremesa.
En la actualidad han surgido pequeñas cafeterías y tostadores que buscan recuperar la identidad de cada región productora, a través de ofrecerlo y también de impulsar mayor conocimiento sobre él para saber de dónde viene, cómo se tostó, etc.
Así que vale la pena, cuando sirvamos la primera taza de café del día, mirar el vapor, percibir su aroma y recordar que ese café comenzó su historia en alguna montaña mexicana cosechado con todo el gusto para hacerlo llegar a nuestras mesas.
