*Gaby L.C*

Cada 2 de septiembre, México detiene su marcha para rendir homenaje al Día Nacional del Cacao y el Chocolate, una fecha que trasciende la simple celebración gastronómica para convertirse en un acto de justicia histórica. Decretada oficialmente en 2018, coincide con los primeros brotes de la cosecha anual en las regiones del sur. Es un recordatorio mucho antes de que el chocolate endulzara los paladares de las cortes europeas, este fruto ya latía en el corazón de los pueblos originarios de Mesoamérica como un símbolo de estatus, espiritualidad y resistencia cultural.
Para las civilizaciones olmeca, maya y mexica, el Theobroma cacao —cuyo nombre significa con acierto “alimento de los dioses”— no era una golosina, sino un elemento sagrado. Las semillas, valoradas por su escasez y perfección, funcionaban como una moneda de cambio que dinamizaba el comercio prehispánico, además de ser la base de un elixir ceremonial energizante reservado para guerreros, sacerdotes y gobernantes. En aquellos tiempos, tomar una jícara de una bebida espumosa elaborada con agua, masa de maíz, chiles y flores locales era participar en un ritual místico que conectaba a los seres humanos con las divinidades y la fertilidad de la tierra.
Hoy en día, esta herencia líquida sobrevive de manera vibrante a lo largo de la geografía mexicana a través de un mosaico de bebidas tradicionales que desafían el paso del tiempo. Desde el místico tejate oaxaqueño y el refrescante pozol chiapaneco, hasta el reconfortante tascalate y el champurrado que abriga los amaneceres de todo el país, el cacao sigue uniendo a las comunidades. Estas recetas no solo preservan técnicas de molienda y batido que han pasado de generación en generación, sino que también actúan como un archivo vivo de la biodiversidad y la cosmovisión de las comunidades indígenas que custodian el saber culinario de la nación.
Celebrar este día representa también un llamado urgente a voltear la mirada hacia los paisajes húmedos de Tabasco y Chiapas, los principales guardianes de esta tradición agrícola en el México contemporáneo. Detrás de cada tableta de chocolate y de cada grano tostado al comal, se encuentra el esfuerzo de miles de familias campesinas que luchan por mantener vivos los cultivos nativos frente a las presiones del mercado global. Honrar el cacao mexicano es, en última instancia, valorar el trabajo de las manos que lo siembran y asegurar que la semilla que una vez fue el tesoro de los imperios antiguos continúe siendo un pilar de orgullo, soberanía y sabor para el México del futuro.
